ADVERTENCIA. Las listas son apenas ejemplos. Siempre faltan nombres.

0. INVENTIO. Este año el Trasnocho Cultural tuvo la tercera edición consecutiva del Festival de Jóvenes Directores. Se trata de propuestas de creadores menores de treinta años de edad que son revisadas por un comité de especialistas que selecciona un número determinado de propuestas que van a montaje con la intención de escoger unas propuestas ganadoras, cuyos premios serán temporadas en el centro cultural.

No hay duda de que el FDJD es uno de los productos culturales con más resonancia de la gestión de Solveig Hoogesteijn. Sin embargo, en el manejo contemporáneo de las políticas culturales, generar productos culturales en lugar de dinámicas culturales es riesgoso. Y el riesgo consiste en que los productos tienen una probabilidad de caducidad mucho más alta que las dinámicas, pues sus posibilidades de variación son menores.

Las posibilidades de variación en el resultado final de un método de producción son menores que las posibilidades de evolución de un método creativo. De modo que todo producto cultural exitoso debe pretender convertirse en una dinámica o, al menos, identificar las potencias que aseguren su permanencia y (en una economía como la venezolana) su rentabilidad.

1. DISPOSITIO. Más allá de las dificultades presupuestarias y de producción, ¿cuáles son las dificultades que enfrenta en Venezuela alguien cuya vocación sea la dirección teatral?

Todas las vocaciones creativas han sufrido un proceso de laceración durante la última década en un aspecto: la formación. Y aunque las redes sociales e Internet pueden hacernos creer que todo el conocimiento está más cerca, en los procesos formativos el acceso a la información es apenas una parte del proceso.

No basta “estar actualizado”. No basta “conocer las tendencias”. No basta “el otro día leí”.

Las artes vivas comparten la rotundidad de la experiencia, su carácter irrepetible y la percepción singular de cada espectador. Y esto incluye la formación.

Entonces: ¿cuáles son las oportunidades de formación mediante la experiencia que tiene en Venezuela alguien cuya vocación sea la dirección teatral?

2. ELOCUTIO. Algunos directores cuya generación antecede a esta que ha participado en el FDJD tuvieron espacios de experimentación y aprendizaje, como los festivales estudiantiles como el Porte Acero y el CINATES. Juan Souki. Marianery Amín. Armando Álvarez. Jennifer Gásperi. Si bien refiere a varios grupos etarios, ellos son los creadores que hoy exhiben las primeras cicatrices del control de cambio y la incidencia de nuevos factores en las posibilidades de construir una visión, una estética y una línea de investigación. Por encima de ellos están los testigos de la memoria, aquellos que heredaron el mito. Miguel Issa. Orlando Arocha. Héctor Manrique. Ibrahím Guerra. Santiago Sánchez. Y mucho más arriba, lejos de los dedos, los directores emblemáticos de un contexto que hoy resulta real-maravilloso. Armando Gota. Carlos Giménez. Antonio Constante. Ugo Ulive. Horacio Peterson. Juan Carlos Gené. Quizás demasiado próximo a la nostalgia y a las migraciones, con excepciones como Virginia Aponte, Nicolás Curiel, Eduardo Gil.

Nombres como los de Aponte, Curiel y Gil revelan otro denominador común: las compañías teatrales, su método de creación colectiva, multidisciplinaria y formativa. Aunque esta potencia ha empezado a recuperar su fuerza en el teatro nacional —y aquella idea de la compañía teatral como un territorio de formación no ha desaparecido—, hoy en Venezuela el trabajo colectivo ha tenido que redirigirse hacia la producción.

El contexto ha determinado que, de los múltiples brazos que alcanza a tener una compañía teatral independiente, en muchos escenarios la fuerza productora ha sustituido al sueño de la escuela. Y en este replanteamiento de las fuerzas, el más afectado ha sido el director. Y, además, las limitaciones de la taquilla, la dimensión real de nuestro circuito de salas y los nuevos horarios (que ahora tienen que ofrecer un puesto de estacionamiento, seguridad y la promesa de llegar temprano a casa como parte del hecho teatral) han convertido a cada director en un mutante, en un bicho raro que debe argumentar constantemente que su línea de investigación no es prescindible, que su estética importa tanto como el nombre del dramaturgo y que la cantidad de followers que tienen los miembros del elenco no es un argumento para la planta de movimientos.

3. PERORATIO. Hoy existe una relación intergeneracional en el ámbito de la dirección teatral que dificulta establecer una investigación de las líneas de exploración estética a través de referentes locales. Nuestro acotado ecosistema teatral no lo permite. Y la endeble vinculación entre los jóvenes directores y el resto de la diversidad creativa hace que para muchos sólo haya dos maneras de formarse: por su cuenta o imitando. Así, hay directores cuyos hallazgos no son sino un calco hecho sin querer. Así, hemos confundido multimedia con poner-un-video-beam. Así, inspirarse en el testimonio de Esmeralda Devlin es más sencillo que estudiar las variaciones estéticas locales.

En la literatura existe una percepción errada del género del cuento, que por muchos es percibido como un entrenamiento para la novela. Un equivalente en el teatro sería pretender que todo actor experimentado en algún momento estará en capacidad de dirigir. La falacia que existe en estas dos afirmaciones es que, si fueran reales, no existirían ni jóvenes novelistas ni jóvenes directores.

Pero ser joven no es un talento, porque los talentos no se pierden con el tiempo.

Un joven director puede creer que consigue más respuestas viendo un episodio de ABSTRACT: The art of Design gracias a una clave prestada de Netflix que estableciendo las dinámicas que en la Antigua Grecia resumían como paideia: vivir la experiencia de formar en la transmisión de valores (saber ser) y la transmisión de las técnicas (saber hacer).

Si bien la intención del FDJD tiene una vocación de festival, hasta ahora hemos estado viendo un concurso: un producto cultural donde la experiencia del festival ha dejado de ser importante para convertir el veredicto del ganador en el eje único.

Y eso es un problema.

Porque, de ser así, el público empezaría a tener la percepción de que no se están formando nuevos directores que están iniciando un camino estético, sino jóvenes con suerte a la hora de completar su elenco y sus gastos de producción, a quienes veremos postulados en la edición inmediata del Premio Marco Antonio Ettedgui.

Y dudo que eso sea lo que se pretenda, pero toda percepción posible debe contemplarse.

Cuando una sola persona es capaz de poner en riesgo el motivo central de un festival (por razones más del pathos que del ethos) al haber decidido soltar el veredicto antes de tiempo, es necesario atender los síntomas.

Así, tras tres ediciones, quizás el FDJD deba empezar a convertirse en una dinámica.

Un evento con las intenciones del FDJD no puede depender de que nadie haga un spoiler. Por eso quizás sea el momento de revisar, de fortalecer, de curarse.

4. MEMORIA. Tras la selección de las propuestas y estas tres ediciones cumplidas, ¿sería descabellado pensar en un curador para cada edición?

La idea de un director experimentado que acompañe las propuestas, converse con los seleccionados, evite que los errores más comunes lleguen al montaje, comparta técnicas de puesta en escena y dirección de actores, eleve los alcances estéticos y discursivos de la muestra, al tiempo que dirige una experiencia formativa y colectiva a la vez, ¿no llevaría más espectadores a la taquilla?

Permitir que los jóvenes directores establezcan vínculos, puedan entenderse como generación creativa y, al mismo tiempo, compartir una experiencia intergeneracional con un maestro, ¿no sería un elemento diferenciador?

Un evento como el FDJD tiene la oportunidad de evolucionar y transformarse en una experiencia memorable y más útil que cualquier taller, cualquier asignatura electiva, cualquier concurso. Pero debe hacerlo pronto y con la rotundidad de la paideia, potenciando la urgencia de la transmisión y curaduría del conocimiento.

Aquello bastaría para enfriar el morbo que todavía sienten algunos periodistas por la caduca y triste obsesión del “tubazo”.

Ante las dificultades formativas que viven los jóvenes directores en Venezuela, existe una manera más completa de ayudar a estos jóvenes que tendrán en nosotros a sus primeros espectadores: poner a quienes saben a su disposición. Este pequeño giro podría disolver la percepción de que sólo compiten entre sí, para poner en evidencia la invaluable oportunidad que tienen de crecer juntos.

Para un maestro tener la oportunidad de curar y enseñar debe resultar un homenaje más completo que el simple repaso de sus éxitos. Y así, además de un ganador, cada año el Festival de Jóvenes Directores sumaría la experiencia de habremos permitido crecer juntos: creadores, público, teatro.

No se trata del afán rasero del todos-ganan, sino de la fuerza del todos-aprendemos.

Seguiremos teniendo una propuesta ganadora, sólo que en un festival que no tendrá como eje un veredicto, sino una experiencia colectiva. Transformarse en dinámica. Y así poder presumir de poder juntar camadas de artistas, conectadas entre sí por una vivencia común y memorable, más la fuerza de la paideia: enseñar a saber ser y a saber hacer juntos.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s