PAISAJE

Elevaciones. Trabajo forzado de los ojos, deshechos por un todo indescifrable que no es sino distancias. Layers, texturas, colores que nunca se yuxtaponen: no hay belleza —el iris todo lo apelmaza— sino distancias. Pretenderlas es flagelarse; nada llevan dentro. Son sólo paisaje, distancias: uma piràmide quebra o horizonte*. El paisaje exige la expulsión del que mira. Un rectángulo se sujeta a los párpados. El paisaje grita, sueño trabalenguas. Con él en los oídos, quien mira ve el atardecer como un incendio. Mira. Mira aquel lugar donde ya no está. Sólo en medio del estupor el ojo desbasta al mundo, lo despieza: todo por una distancia. Desbastar devastando: ojos de tijera que van recortándoles el peso a las montañas. Todo es mentira, es la distancia leudando.

Roberto Burle Marx nació hace 100 años. Nos separa mucho tiempo. Estoy extraviado en el parque mientras él garabatea verdes al borde de la piscina de Raul de Souza Martins. Mi paso pequeño se extravía con un overol azul, una franela roja y un palo de piñata. Porque en mi mano llevo el palo asesino de una piñata-hongo-pitufo 7 que vaciaron hijos de gente que no conozco. Palo bandera. Lo agito en el aire de un lado a otro mientras me extravío. En verdad, Roberto Burle Marx nació hace 74 años y nunca proyectó este olivo negro que ahora golpeo. Desde aquel primer jardín, todo me altera.Mi cetro es un arma hasta que me angustia la distancia. Se vuelve bastón: el paisaje exige la expulsión del que mira y he ido abandonando el parque, volviéndolo paisaje, paisajeándolo mientras me alejo. Entonces lloro. Lloro y agito el palo bandera, haciendo señales que conmigo apenas suman un metro veintidós8. Tengo sed.

Los paisajes me aterran. Frente a uno siempre quiero quitarme los zapatos. Uno de los juegos más crueles del parque bolsillo es un laberinto hecho en obra limpia (el alejado llanto de mi familia me busca. Es mi tía Hilda). Las paredes miden un metro diez de alto y los padres se vuelven vigías de cascos que se pierden en el cemento. Fuman y, cuando sus bateles no encuentran cómo salir, lloran. Yo entro para llorar. Aprieto en mi pequeña mano el palo forrado en papel crepé mojado, destiñéndome violetas que resultan del rojongo y del azulfo. Para un adulto puedo resultar conmovedor, pero los otros niños no se acercan: si alguno se burlara, atestaría de golpes sus mil cabezas de niños encontrados.

[Celebramos cada año con ritos de jauría: el ídolo de engrudo y papel cobra vida y se bambolea delante de cada uno de los iniciados, enceguecidos por un trapo. Al ciego un garrote. Al ciego un garrote adornado. Al ciego un cetro de loco. La perrería convoca en círculo el deicidio. Aplauden. Gritan. El imperativo repetido —oración de ciego— invoca la rabia, daledaledale, que sale desde los pies ampollados en educación física. Manitos muy pequeñas privadas de ojos golpean —palos de ciego— el mamotreto de cartón. Para eso el palo: para torturar al ídolo cuando ya está en la horca y hacerlo que nos bendiga con sus intestinos de caramelo puestos al sol. El paisaje está cercado por la venda y las piernas en derredor: la gloria de los otros está en marearnos, en que erremos el golpe]

Una amenaza de borde en las cercas de alfajol. La frontera, el borde del paisaje, la línea que me permite tomar aire (hasta aquí llega tu dibujo, mano vieja de Burle Marx). El zumbido de los carros sacó de mi cabeza el baladro paisajero, su silbido monocorde y agudo. Hundo la carita hasta marcarme los rombos en los cachetes violetas y me bebo la avenida, los vendedores de globos, la señora de las cotufas. Esta mañana no fue así: mi tío capitán nos trajo en su carro y, como regalo de cumpleaños, me dejó ir de copiloto. Frenamos de glope. Empecé a sangrar por la nariz y todos mis miedos nacieron, justo cuando llegamos al parque por sus costados inhóspitos y sin animales. Estacionamiento. Planetario. Quiosco 11. Ahí vi la dolida jaula del águila arpía.

La llamo Casandra. Paladio mutilado el tronco donde gira su cabeza. Me gusta detenerme entre los negros paneles de su reja, bambolearme hasta hipnotizarla y, cuando me aprende, camino en círculos alrededor de su jaula y devengo deja-vú, deja-vú-de águila. Volverme techo de selva llorando como un niño perdido. Pero ni tú ni yo entramos por acá, mano vieja de Burle Marx: de Casandra nos separa mucho tiempo.

El paisaje es una huída de la tierra —a landscape— que exige la expulsión del que mira. Se va de los pies con la excusa de los ojos (la vista es el sentido más distante: los ojos son el paisaje de la tierra). Mi tío capitán sabe saltársela. Cartógrafo cenital, me lee los mapas desde arriba —an airscape— mientras la tierra huye torpemente, sonoramente. Arriba es todo agua. Abajo es inútil, porque el paisaje le grita: “You’re a man of the mountains, you can walk on the clouds, | manipulator of crowds, you’re a dream twister. | You’re going to Sodom and Gomorrah | but
what do you care? Ain’t nobody there would want to marry your sister. | Friend to the martyr, a friend to the woman of shame, | you look into the fiery furnace, see the rich man without any name”. El ruido no lo deja escuchar a mi tía Hilda, que se pone de pie sin ser ella mientras todos se bambolean y tres plumas de águila coronan la materia: Ana karina rote10. Un indio señala mi laberinto, abandonado mientras la piñata se desnuca en la papelera. Mi tía Hilda —el indio— les indica el camino a sabiendas de que hoy tenía que desorientarme.

Un tren impostor conoce todos estos caminos, menos el del escozor de la pringamoza y la insistencia del cadillo, trepado en el velcro-diáspora de estos zapatos que no saben anudarse las trenzas. Una hilera de asmáticos colectivos plásticos sostiene los bostezos de las viejas cansadas que sólo quieren llegar al hediondo puerto y estafarse de pedales, con sus viseras verdes y las camándulas puestas como gargantillas. Carabelas. Creen que todos somos sus nietos. Ellas son las que enseñan el doble nudo de los cordones y chupan helados de uva, pasando sus dientes falsos por el hielo sin inmutarse. Violetas. En cada efugio estaban los invitados salvándome los ojos, sin saber que esas piedras ciegas sólo lloraban lejos de cualquier salida. Un susto de cerrojo desprendió el último grito: manos de abuela me despegan de esta breve baranda que me separa de los monos. Los miedos de adultos estaban impresos en mis córneas. Una sirena ensordecedora abraza todo el parque. En cada torniquete de salida alguien se pregunta por mis ojos. Tardaron mucho tiempo en encontrarme. Se habían extraviado. Quiosco número once.

Todo es distancia, es la mentira leudando. Devastar desbastando: peso de tijeras que van recortándole montañas a los ojos. Sólo en medio del mundo el estupor desbasta al ojo, lo distancia: todo por un despiece. Está en aquel lugar que ya no mira. Está. Con los oídos en él, incendia la mirada como quien ve un atardecer. Lengua trabasueños, grita el paisaje. Los sujetos parpadean rectángulos. El que mira exige el paisaje de la expulsión.

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