Un hombre que desea estafar al tiempo
tiembla invocando para sí el instante
para ser más feroz, cercano, peligroso.
Es tiempo. Sólo eso: saber cuándo
los dioses viejos premiarán la astucia
en la secreta complicidad del vacío.
Los dos pasos baldíos son un acuerdo,
pacto bilateral,  un rito, otra costumbre
previa al esfuerzo vital que es todo asalto.
No son una ventaja, sino un riesgo
para él, para el juego, para todos.
Las señas comunican desde el home
que hoy la mala intención parece buena.
Se ausenta de la caja el pie y el noble
intenta sorprender en la avanzada
al príncipe feliz de los ladrones,
quien se devuelve hartándose de tierra
al escondite claro, a la almohadilla.
Pero en el extravío de la estrategia
el noble necesita un cambio lento
que engañe al swing del frío sexto bate,
sin nada que perder pues nadie espera
que sea él un héroe de esta noche.
Y, ya en el aire, el tiempo se detiene
dejando al buen ladrón unirse al goce
de aquellos que celebran lo que es de otro.
El tiempo en que levanta desde el suelo
el receptor su cuerpo y su esperanza
basta para que un hombre estafe al tiempo.
Es tiempo. Sólo eso: saber cuándo
el reloj será cómplice de un robo
que nos vuelva cercanos, peligrosos,
y nos acerque a casa, tras hurtarle
a la distancia algo de su veneno.

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