1. Sonora y vespertina muerte de Willy McKey

Willy McKey murió la tarde del 11 de septiembre de 1880.

Lo deshicieron las bestias muertas
del artero revólver de Walton Ford
y la triste belleza de Adelaide Paul.

Fue en sábado.

Tras las puertas batientes del AlienNation’s Saloon, todo el peso del enorme bulto muerto fue un sonido.

La hoja derecha se mantuvo inmóvil.

La izquierda
[la izquierda y su único agujero]
dejó entrar un chorro de luz que dibujó
un círculo en la mano abierta de Willy McKey.

Los sábados en AlienNation habían sido sordas desolaciones. Ahora el silencio sólo estaba en la artera belleza de Adelaide Paul y en el triste revólver de Walton Ford. Allí y en la medalla dorada que estuvo descendiendo toda la tarde por su mano,  abierta como una bestia muerta.

En esa luz ajena se iniciaron cientoveintiún caminos.

5. Adelaide nunca leyó Rip van Winkle

“Sólo tengo ojos para ti”, le dijo mirando hacia el tasajo. Todo el cuerpo de un alce convertido en tiras de carne salada, traídas desde Telluride, Colorado.

— Puedo jurarte que quiero jurarte
que voy a irme lejos de AlienNation,
hasta donde un alce cierre mis ojos
por veinte años. Pero no puedo hacerlo,
pues sería decir que no tengo miedo”

 ella le dijo, cerrando los ojos.

 ***

Adelaide tiene sed. Esa sed de quien se desmayó al sol. Dura,  puso sus carnes a secar: es una mujer tasajo. Nunca pudo ser feliz. Vendía carnes que no se pudrieron. Luego perdió la cabeza. Leía cuentos de Washington Irving.

 ***

 “Sólo tengo ojos para ti”, repitió mirando hacia el tasajo. Y él le dejó un libro falso. Ni el nombre ni el autor eran verdades. Se despidió rompiendo las medidas, como una creatura de Geoffrey Crayon:

 — Voy a decirte que vine a decirte
que te he esperado tanto como pude,
que has salado toda mi carne de hombre
por veinte años. Pero no puedo hacerlo
pues sería decir que estoy contigo.

  le dijo a ella, abriéndole los ojos.

10. Melina Ford, novia del aguacero

La mayor de las hijas de Abraham Ford
sabía llenar de lluvia sus enaguas.

Sólo el buen Bark la mira sin espinas.

Romanillas de madera barata
escondían los mil ojos de hombre
que, en la tormenta gris y vespertina,
le nacían a todas las ventanas.

El pajarito azul de su cabeza
la dejó sorda hace tanto tiempo
que nadie recuerda su voz temblando.
Cigarra de nopal, Melina Ford
escampa contra el estruendo último.

—      Pobre Melina Ford…
dicen las viejas que se ven
tan secas dentro de la lluvia.

El pajarito azul de su garganta
la dejó muda hace tanto tiempo
que nadie recuerda su aire sonando.
Frutita de nopal, Melina Ford
conoce la hora de abandonarse.

—      Pobre Melina Ford…
dicen los hombres que esconden
su humedad mientras la miran.

El pajarito azul de su mirada
la dejó ciega hace tanto tiempo
que nadie recuerda su cuerpo seco.
Sirena de nopal, Melina Ford
adivina a todos los hombres por dentro.

Era AlienNation lo que se mojaba.
Era cada cuerpo lo que se mojaba.
Era el aguacero lo que se mojaba
cuando la hija mayor de Abraham Ford
saltaba a empaparse en Calle Muerta
con sus alegres silbidos de muda,
su canto de hembra muda.

Muda. Sorda. Ciega. Casi virgen.

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