ONCE

Apariciones. Surge el quinto guarismo indivisible, la cifra que se apunta después de la traición. Como en un ensanchamiento de espejos, está el uno calcándose en la imposibilidad de los relojes. Agustino blasón del pecado. El jornal es una cifra que me persigue: once there was the double [0].

En las antípodas, la nada: un agujero, una boca. Debajo de mis pies, apenas el mito del magma. Ese calor era una fe, un pacto colectivo con los cortes transversales de mil lámi­nas de Ciencias de la Tierra. Virgen del Pilar. Ovomaltina caliente. Panqué once-once. Un juego, una temperatura ajena, un número repetido.

Caracas, 15 de octubre de 1979. Libreta empastada de 90 hojas. Una línea. Portada de cuadros escoceses. Nombre | Asignatura | Curso | Colegio. Los sobrevivientes [1] escrita en letra pálmer, en la última página, el día procastinado al superar una mitad del cuaderno (ser la primera de las hojas que sobraron el año pasado) y en-el-nombre-del-padre-del-hijo-del-espíritu-santo. Tedio beige. Timbre. Cuatro jumpers en la esquina más recón­dita del pasillo. Humo detrás de la imagen de Santa Teresita de Jesús que perdió la nariz de un pelotazo. Mística. Cómplice. Anósmica. Ruega por ellas: vi a un ángel cabe mí hacia el lado izquierdo en forma corporal. No era grande, sino pequeño, hermoso mucho, el rostro tan encendido que parecía de los ángeles muy subidos, que parece todos se abrasan. Veíale en las manos un dardo de oro largo, y al fin del hierro me parecía tener un poco de fuego. Éste me parecía meter por el corazón algunas veces y que me llegaba a las entrañas: al sacarle me parecía las llevaba consigo, y me dejaba toda abrasada en amor grande de Dios. Era tan grande el dolor que me hacía dar aquellos quejidos, y tan excesiva la suavidad que me pone este grandísimo dolor que no hay desear que se quite ni se contenta el alma con me­nos que Dios. No es dolor corporal, sino espiritual, aunque no deja de participar el cuerpo algo, y aun harto. Es un requiebro tan suave que pasa entre el alma y Dios, que suplico yo a su bondad lo dé a gustar a quien pensare que miento. Los días que duraba esto andaba como embobada, no quisiera ver ni hablar, sino abrasarme con mi pena, que para mí era mayor gloria, que cuantas hayan tomado lo criado [2]. Miente por ellas, Teresa: sálvame. Amén. Semana de Nuestra Señora del Pilar. Capilla. La primera tarde sin vacaciones se convierte en brazaletes de claveles. Doce claveles blancos en cada cordel anudado. Once en realidad. Once porque roban un clavelito blanco de cada círculo sin hacer y lo secan en me­dio de las páginas de un libro de química orgánica. Claveles blancos muertos manchan de mar­rón etanos, propanos, metanos, butanos. Suspiran con el carbono seco. Es el fin | de una comedia americana | un jardín, dos que se aman, | música para violín | luz de gas, el cielo es tan azul pin­tado, | la ciudad un decorado: vidrio, cartón y aserrín. | Ya sé, dirán, es ilusión | es como el primer amor. | Hollywood está desierta | tengo que volver al sur [3]. Todos los ventidós bancos de oscura madera tienen colgado en los extremos una coronita de los doce claveles blancos que son once. Nadie les regala flores. Cuatro santas-teresitas-de-jesús en jumpers se pintan bigotes en los ac­tos culturales y bajan las escaleras tomadas de la mano de cuatro nuestras-señoritas-del-pilar y celebran la hispanidad con un pasodoble ruido rancio. Nadie les regala flores: practican cír­culos de humo detrás de la mística anósmica y se aplauden. Una de ellas toca la guitarra y le mira los senos a las demás con dulce insistencia. Cuánto tiempo más | de paranoia y soledad. | Despertar así | es como herirse | con la propia destrucción. Es delgada y miope. Toca nuevas can­ciones argentinas con exquisita torpeza. Su papá es teniente y su hermana es sordomuda.

Tenía un ojo en blanco. Catarata turbia. ¿Y qué es lo que hay que hacer | para evitar enlo­quecer? | No pensar qué se es o qué se ha sido | y no volverlo a pensar jamás [4]. Su mamá murió antes de tenerla… minutos apenas. Nadie le regala flores. Murió al lunes siguiente, día de San Abercio [5]. Saltó de un onceavo piso. Las ramas de un jabillo no la dejaron estallar contra el suelo. Era buena en castellano y literatura: el año pasado explicó con su memo­ria enciclopédica soneto: ―Composición poética que consta de catorce versos endecasílabos [6] distribuidos en dos cuartetos y dos tercetos. En cada uno de los cuartetos riman, por regla general, el primer verso con el cuarto y el segundo con el tercero, y en ambos deben ser unas mismas las consonancias…, dijo Laura. Todo eso lo dijo Laura y se /ka`jo/. Una vecina la vio caer con dos cachitos de madera clavados en los ojos, como dos delfines. En el Ama­zonas usan la leche de los jabillos para atontar a los peces. Tres santas-teresitas-de-jesús en la esquina más recóndita del pasillo. Humo detrás de la imagen que perdió la nariz de un pelotazo. Mística. Cómplice. Anósmica. No habrá acto cultural. Ruega por ella.

Fueron invisibles los retrasos. Las tallas españolas de la capilla colegial tienen las cuen­cas de los ojos llenas de vidrio. Las tallas son de Madrid, los ojos son italianos. Islas de vidrio. Muranos. Por eso sientes que te persiguen a donde te muevas, mamá: van en­mendándote, enmiedándote. El miedo hace que nos callemos, que caigamos. Trémula, suenas acá dentro, mamá. En febrero fue el primero de los retrasos y nunca rezaste tan­to. Tres santas-teresitas-de-jesús y sólo dos hilitos de humo detrás de la imagen.

Arrostrarse.

El prodigio lo hizo la imagen de Santiago El Mayor, vigilándote: hacedor de rojos pi­lares. En ocasiones la sangre es un alivio. La plegaria no hacía sino inventar lluvias de jaspe: que bajaran, que bajaras, que bajara. Mi lágrima colorada de no-nacido: estaba llorando sangre, salvándome. Me gesté menstruado. Cuando lo notaron ya era tarde, estas manitos se veían hechas de hueso en la placa negra, como dos conchas de almejas. Santiago apóstol. Todo el miedo fue una bofetada y veinte santas-teresitas-de-jesús vueltas ventidós místicas cómplices y anósmicas.

1980. Pude nacer once, ocho días antes de la licuefacción de la sangre de San Genaro. En ocasiones la sangre es un milagro, el descenso de algún santo, de su mirada: ojos de vidrio fingen que comprenden escapularios de otro, ya olvidados. Soy torpezas de un milagro negado y hoy todos los descensos me sorprenden. Así me miden. Onces.

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Paisajeno | mal de abismo | Once

[0] “También heredaste / la tierra consumida / la fidelidad hecha trizas / o algo semejante a ese misterio / cuando el horno está ardiendo / que no escapa a tu diálogo / a todo lo que has visto”. Esdras Parra. Este suelo secreto (1995).

[1] “Estamos ciegos de ver | cansados de tanto andar | estamos hartos de huir | en la ciudad. || Nunca tendremos raíz | nunca tendremos hogar | y sin embargo, ya ves, | somos de acá. || Vibramos como las campanas | como iglesias | que se acercan desde el sur, | como vestidos negros | que se quieren desvestir. || Yo siempre te he llevado | bajo mi bufanda azul | por las calles como Cristo a la cruz”. Serú Giran. Track 8 (03:51). La grasa de las capitales (1979).

[2] Santa Teresa de Jesús. Capítulo xxix. Vida de Santa Teresa (1559).

[3] “Canción de Hollywood”. Serú Giran. Track 9 (04:50). La grasa de las capitales (1979).

[4] “Paranoia y soledad”. Serú Giran. Track 5 (06:52). La grasa de las capitales (1979).

[5] “Mi nombre es Abercio. / Soy discípulo de un pastor casto que apacienta / su rebaño de ovejas por montes y llanuras […] / La fe me acompañó a todas partes y ella fue / la que me procuró para comida un pez muy grande y puro, / que pescó una virgen inmaculada. / Ella misma lo dio a comer enteramente a sus amigos; / ella, que tiene un vino delicioso / y lo ofrece mezclado con pan”. Jorge Sergio. Teorema de los sueños (1998).

[6] “Con / tra es / ta as / fi / xia / de / luz, / mal / de a / bis / mo”.

Paisajeno | mal de abismo | Once from Paisajeno on Vimeo.

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Un comentario en “Hoy, 11/11/11 el poema “Once”

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