http://www.ivoox.com/pais-portatil-ruben-blades_md_375124_1.mp3″

PÓRTICO: NO DEJE DE DARLE PLAY A LA CANCIÓN. Si el lector es de quienes tildan como “apátrida” cualquier discrepancia, con la facilidad de una dependienta que etiqueta frascos de mayonesa, devuélvase al portal web del periódico para el cual milita  y no moleste. Antes, si puede, haga click acá para leer el poema “Alta traición” del maestro José Emilio Pacheco y entonces, con el verso inoculado, salga de aquí.

01. Se empeña un país portátil…


“No amo mi Patria. Su fulgor abstracto / es inasible”. J.E. Pacheco

SOMOS PAISANOS DE LO PORTÁTIL. El título de la novela de Adriano no fue un hallazgo editorial, sino idiosincrático.

Una mañana nos dio el antojo de amanecer con un país distinto y ahí está: los números son severos, crueles. Aunque luzca tan parecido al anterior, tan desligado de nosotros, tan producto de un accidente, al parecer el país es otra cosa… al perecer es otra cosa.  Parece ganar en dimensiones y legibilidad. Hoy somos algo más portátil.

El electoral antojo dominical latinoamericano subraya, antropológicamente, lujos de calendario. Después de cada jornada, con la TV compitiendo contra los gordos periódicos dominicales, empezamos la semana con una nueva geopolítica que sigue ignorando al Esequibo, que sigue persignándose antes de arrancar, que sigue cromatizándose para entenderse. Los números son severos, crueles. Cada quien repite lo que más se parece a lo que piensa para conseguir un soporte en cuanto ha oído. Portátiles.

Esta madrugada el país portátil no era un maletín en medio de las piernas de Andrés Barazarte. Anoche, el país tenía más bien la forma de una carpeta, una impresión en forma continua mal doblada, un boletín. Los números son severos, crueles. Es fácil imaginar oficinas y orejas alojando los datos allí impresos, pero lo que siempre me ha asombrado de los números no son sus representaciones, sino sus consecuencias: las velocidades del siglo xxi nos permitieron ver, en vivo y directo, las tres coleteadas en la abortada sala de prensa de PSUV. Fin de la fiesta, como cuando sólo queda en pie la resistencia hepática de los amigos del novio. Fin de la fiesta, como cuando la madre de la novia le insiste a su marido con una tercera cucharada de sopa. Mientras tanto, portátiles, nuestros planes se encontraban traducidos en gráficos de barra envenenados de verdad que no conseguían verosimilitud en algún piso dos del Palacio de Miraflores. En síntesis, nadie tiene dos tercios de una Asamblea Nacional que resultaría un reto para Tomas Pavel: un país que es, antes que posible, portátil.

Los números son severos, crueles. Este país está habitado por gente que se mueve mediante el ánimo. Todos. Nadie piensa a favor de quien no lo conmueve. Nos trocaron los verbos sentirpensar. Hay gente que existe y cuenta, pero que nunca pudo sentirse parte de algo. Toca convidarlos, no jugar al arrollamiento. No conmoverlos con dos o tres espejitos a cambio de su oro sufragante. Estamos de lado y lado. Somos gente portátil.

El gesto demagogo era previsible: una derrota difícil de percibir pudo haberse convertido en un acto de masas. La gente había esperado lo suficiente. En medio de esa confusión, producto del cruce entre la verdad y la adrenalina, cualquiera sería capaz de creer cualquier cosa. Pero, luego de tanto silencio, es difícil conseguirse la voz suficiente para un grito. Los números son severos, crueles. Como en un ensayo fallido del Tenorio, el balcón se mantuvo vacío, silente. Escenografía. Portátil.

Amadísimo Líder apenas pudo conjurar el dictamen de una estrategia, otra puesta en evidencia, una declaración de guerra escrita al dorso de una bula papal. La ideología convertida en un afiche.

La victoria distrae. Afortunadamente, para quienes leemos a J.E. Pacheco con devoción, no deja de ser posible el escepticismo. Amanecimos con barras, líneas, tortas, gráficas… pero no dejo de pensar en la equivocada cantaleta de “lo importante es que no ganen los unos”, “lo importante es conseguir más de un tercio y ya veremos”. Se olvida rápido el matadero de las elecciones pasadas, pues las torpezas han sido convertidas en sonrisa electoral por la alquimia mediática. Los números son severos, crueles. Todos los meñiques se tiñen. Una mancha (siempre deleble, a pesar de los adjetivos) se vuelve síntoma en una conversación de oficina. Pero hoy, en este pequeño lunes, cabe el principio de un ya veremos menudo, pequeño, portátil.

De alguna extraña manera, contradiciendo todo diagnóstico hecho en singular y delante de esa máquina, se ha instalado en nosotros la noción estadística de la “tendencia irreversible”. Nos sabemos capaces de virar el rumbo de los relojes. Otra vez hemos puesto la fuerza individual al servicio del otro… en silencio. Los números son severos, crueles. Ahora toca pluralizar el reclamo, endilgarnos un gramo de culpa a ver si conmovemos algo. La gente se ha empeñado en esto, pero temo a las polisemias: nos hemos empeñado y puede que nadie nos reclame antes de que se venza el plazo de retiro. La biblia junto al calefón en la vitrina de la casa de empeño… esperando, empeñándonos.

¿Cómo volver a decir que esta verbena militar es mayoría? ¿Cómo, con un 48% que no es sino el sedimento de once años de merma? ¿Cómo si, a pesar del extravío, hemos decidido dejarnos en prenda como garantía del cumplimiento de un compromiso? ¿Cómo, si su comité de propaganda decidió plesbicitarlo todo? ¿Cómo si, justo ahora cuando toca hablarle al otro, el diálogo se desechó en favor del baladro marcial? Los números son severos, crueles.

Por ahora, queda la bendición de ir conjugando una retahíla de verbos que, alejándose de la renuncia, nos permiten seguir teniendo al país en la mano, así sea prendido a un recibo: “Se vende un país portátil. Se ofrece un país portátil. Se alquila un país portátil. Se empeña un país portátil”. Afuera, en la taquilla de reclamo y ticket en mano, está el ánimo de más de medio país convertido en fianza. Los números son severos, crueles: portátiles.

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Un comentario en “01. Se empeña un país portátil…

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